.::.Obra poética

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  Luz y sombra.

   “La luz existe en la oscuridad: no veáis sólo el lado osuro.
   La oscuridad existe en la luz: no veáis sólo el lado luminoso”.
   (dicho Zen)

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Entre sombras
como ciego
ciego
entre sombras
tanteando cuerpos
en la oscuridad
loco
obsesionado por la luz
la luz
figuras fantasmagóricas
delirando
monstruos deformes
devoradores
devorando la razón
la razón
se ha perdido
en algún rincón de la sombra.

La sombra acecha
pero la luz no ceja.

La Sombra, mi Sombra,
está ahí, lo sé,
pero no la temo.
La Sombra acecha, la siento,
pero la Luz, mi Luz, 
no ceja.

Giro el rostro y se manifiesta.
Me envuelve, me embriaga.
Bebo su vino y el olvido
se vuelve ausencia.

La Sombra,
oculta en los pliegues de la conciencia,
acecha;
en el brillante discurso del orador,
acecha.

Sombra, mi Sombra,
sé que estás ahí, aquí:
no te ocultes.
Te he localizado.
No me temas tampoco tú,
ven.
Hagamos un pacto de sangre.
Te siento vieja y cansada.
No insistas.

Luz, hermana de mis días,
acude tú también a este encuentro
y mira de frente
el rostro milenario de tu madre.

¿Cómo podéis seguir luchando si tú eres, Sombra,
la madre de todas las cosas?
¿No es acaso tu hija, la Luz,
la única heredera universal
de todas tus oscuridades?

¿Cómo podría ser llamada tú, Sombra,
sombra
si no fuera por la brillante palabra
con la que te designa y te reconoce
tu hija, la Luz?

¿Qué sería de ti, Sombra,
si vivieras sola en la sombra?

¿Acaso no fuiste tú, Sombra,
quien engendraste la Luz
para que viera y reconociera
el reino de tus oscuridades?

No temas ahora 
y acude al encuentro.
Mírate frente al espejo que te reconoce
y te identifica.

(Desde el fondo del espejo
me miran unos ojos
que no sé si son míos
pero como míos los siento).

¿Dónde podrías esconderte, Sombra?
Allí donde te escondas,
te veo.
Acurrucada en el regazo marchito de la anciana,
te veo.
Ataviada con la fresca piel de la juventud,
te veo.

Sombra, vieja ramera,
tú que has yacido en el lecho
de todos los varones jóvenes,
ahora te estás inoculando por sus venas
o te haces aspirar 
convertida en polvo mortal.

La Sombra acecha en los pliegues de mi conciencia.
Salta y lo ocupa todo sin que yo sepa cómo.
Crispa mi puño,
endurece mi rostro,
viola el silencio del corazón
y se oculta.

¡Sombra, no te escondas!
Te veo.
Oculta en el brillo de las sonrisas,
disfrazada de beso,
te veo;
vestida de inocencia,
prendida en los mínimos gestos,
desde el fondo del espejo,
te veo
y no te temo.

Tras cada gesto,
en cada palabra,
fluyendo en mi aliento,
ocultándose en mi mirada,
durante el sueño,
vaya o venga,
la Sombra, mi Sombra,
acecha, lo sé,
pero no la temo.

Porque en cada palabra,
en cada gesto, 
fundidos en mi aliento,
en la vigilia o en el sueño,
unos ojos claros observan
desde el fondo del espejo
y no cejan ni cesan
de iluminar las fosas abisales 
del olvido y la ausencia.

Sí, sé que la Sombra acecha,
la presiento
pero no tengo miedo.
porque la Luz tampoco cesa
y persiste aún
desde las noches de los tiempos.

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