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  Sueño.

        He tenido un sueño. Soñé que nacía como ser humano del vientre de una mujer. Atravesé los felices prados florecidos de la niñez ingrávido como una nube de verano. Aprendí a leer y a escribir y nacieron mis hermanos. Unos señores de sotana negra me enseñaron diez mandamientos, a temer a Dios y me marcaron, como res, con la insignia ardiente del sentimiento de culpa. La adolescencia me descubrió mi cuerpo de varón y me enseñó a estremecerme con el cuerpo de las hembras adolescentes. De joven me enamoré y amé como sólo puede hacerlo un joven romántico. Además quería cambiar el mundo. Fui revolucionario hasta que quise comprarme un coche y no tuve más remedio que pasar por la taquilla usurera del banco. Me casé con una mujer políticamente correcta y tuve tres hijos. Después trabajé duro para poder pagar los plazos hipotecarios del piso. Conseguí prosperar y me hice un nombre de prestigio como abogado. Los días pasaban. Los hijos crecían mientras mi mujer se marchitaba como una rosa otoñal. A los cincuenta, todo estaba bajo control. Los hijos estaban terminando sus carreras y sólo mi secretaria personal, de veinticinco años, me sacaba del tedio que impregnaba mis días. Me nombraron hijo honorífico de mi ciudad. De la pared de mi salón colgaban muchas placas honoríficas y fotos con personajes ilustres. Yo mismo me había convertido en un personaje ilustre imprescindible en cualquier evento social. Mi fortuna personal siguió creciendo al mismo tiempo que las canas iban cubriendo mi honorable cabeza. A los sesenta, aún seguía moviendo desde la sombra muchos hilos de la vida política, social y económica. Me sentía pleno y poderoso. Había conseguido todo lo que un hombre de pro puede ambicionar en este mundo. A los setenta me di cuenta de pronto que carecía de presente y de futuro. Comencé a vivir del pasado. Un día, sentí una fuerte punzada en el corazón y mi cuerpo cayó fulminado al suelo. Entonces me di cuenta de que todo no había sido más que un sueño.

Dokushô Villalba

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