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  ¿Para qué?

      El otro día me contaron una especie de chiste: un norteamericano de viaje por Méjico tenía que atravesar un río. Vio una barca, buscó al barquero y lo encontró bajo un árbol haciendo la siesta. Le pidió que le llevara hasta la otra orilla y el mejicano le respondió que ahora no podía, que estaba en la siesta. El yanqui se escandalizó y le dijo que estaba dispuesto a darle mucho dinero. El mejicano le dijo que para qué quería él tanto dinero. El yanqui le respondió que para comprarse otra barca y poder pasar a más viajeros y de esa manera ganar más dinero. El mejicano volvió a preguntarle que para qué quería él más dinero. El yanqui monetarista le dijo que para crear una gran empresa de transbordadores, con muchos empleados y muchos barcos y muchas ganancias materiales. El mejicano volvió a preguntarle que para qué quería él tantas ganancias materiales. El yanqui le dijo que para invertir en bolsa y ganar más y más dinero. El barquero volvió a preguntarle para qué quería él ganar más y más dinero. El americano le dijo que para poder dejar de trabajar algún día en el futuro y descansar todo el tiempo que quisiera. Entonces, el siestero le dijo lánguidamente: "!Pues eso es lo ya estoy haciendo en este mismo momento, gringo de la chingada!"

      ¿Trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? La pregunta es muy simple pero, por desgracia, nos la hacemos muy pocas veces. Nos obsesionamos tanto por el trabajo y por conseguir el anhelado fruto del dinero que  olvidamos el sentido último de nuestro trabajo.

      En definitiva, la meta de nuestra vida no es otra que la de ser felices. Tenemos que reconocer que parte de nuestra felicidad -sólo parte- procede del fruto de nuestro trabajo. No obstante, si por conseguir esos frutos, nuestro trabajo nos vuelve desgraciados, entonces hemos perdido la carrera antes de llegar a la meta.

      Creemos que la riqueza nos hará felices, pero si en el camino hacia la riqueza nos volvemos desgraciados, la felicidad se convierte en un espejismo inalcanzable.

      Como dijo un sabio antiguo: No es más feliz el que más tiene, sino el que menos desea.

Dokushô Villalba

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