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  Polvo del desierto.

     Hace apenas sesenta años los nazis convirtieron en jabón a miles de judíos ante el silencio cómplice de los que pudieron hacer algo por impedirlo y no lo hicieron. Hoy, ante el mismo silencio cómplice de los que pueden impedirlo y no lo hacen, los judíos sionistas están tratando de convertir en polvo del desierto a los palestinos.

     La historia se repite. Los que ayer fueron víctimas, hoy son verdugos. ¿Es posible que al pueblo judío se le haya secado el corazón de tanto llorar a sus muertos? Hoy, un potente ejercito israelí, armado hasta los dientes por los Estados Unidos de América y apoyado por la complicidad silenciosa de los Estados Unidos de Europa, mantiene confinado en un campo de concentración estéril a un pueblo de pastores cuya aspiración legítima no es otra que vivir en el territorio en el que vivieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos durante siglos.

     He visto estas imágenes: una patrulla del ejercito israelí quebrando a culatazos las articulaciones de dos jóvenes, casi niños, como castigo por arrojarles piedras. 

     Mientras tanto, en los grandes foros internacionales de la ONU enmoquetados de azul, la oratoria pérfidamente ambigua de los políticos inunda los grandes espacios de los medios de comunicación. A pesar de la apariencia de civilización, bajo ese rostro pulcramente rasurado, debajo de ese corte impecable de pelo, tras esos trajes y esas corbatas elegidos por los asesores de imagen, en algún lugar oculto del cerebro reptiliano, la bestia negra sigue viva.

     Hace millones de años que dejamos de ser cuadrúpedos, pero seguimos llevando la bestia dentro.

Dokushô Villalba

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