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  ¡Deprisa, deprisa!

     Nunca antes como ahora hemos tomado conciencia de la fugacidad del instante presente. Lo que en este instante presente es válido, en el siguiente ha dejado de serlo, porque de un instante presente a otro recibimos tales cantidades de información que nuestra perspectiva del mundo cambia necesariamente. La revolución informática continúa día tras día, superándose y alcanzando niveles de precisión, velocidad y complejidad crecientes. Los modelos informáticos quedan obsoletos en cuestión de meses. De la misma forma, nuestros patrones de conducta habituales y la percepción que cada uno de nosotros tiene de sí mismo y de la vida en general quedan desfasados a un ritmo veloz y se aseveran incapaces de ayudarnos a integrarnos en la creciente aceleración de nuestro ritmo de vida. No es de extrañar que un creciente número de individuos de las sociedades cibernéticas experimenten un estado crónico de angustia, ansiedad y estrés. Diríase que se está produciendo un desfase entre el ritmo de vida acelerado que estamos creando y nuestra propia capacidad de seguirlo. Nos gustaría parar la maquinaria, pero no sabemos cómo hacerlo. Tal es la complejidad de nuestra creación.

     Las sociedades pre-industriales tienden a anclarse en el pasado. Las sociedades tecnológicas, especialmente en esta era de la información, tienden a proyectarse hacia el futuro. ¿Qué nos queda entre el pasado y el futuro? Un desierto. El desierto del presente. Tenemos tanta prisa por llegar al futuro que no nos queda tiempo para vivir el presente. O bien, nos volcamos sobre el pasado y no nos damos cuenta que del pasado sólo queda el recuerdo.

     El presente no es un recuerdo sino algo real. Aquí y ahora respiramos, percibimos formas y colores, olores, sabores. Ahora es cuando estamos de pie o caminando, o sentados. Es aquí, en este preciso lugar, donde estamos ahora. Al caminar adelantamos un pie y después el otro. 

     ¿Es posible llegar al futuro sin pasar por el presente?

     Como decía Napoleón a su ayudante de cámara: “Vísteme despacio que tengo prisa”.

Dokushô Villalba

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