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  Tensiones.

      Siento que es importante aprender a localizar las tensiones y las crispaciones. En primer lugar, las tensiones corporales, después las emocionales y las mentales. Una crispación muscular es el resultado de una crispación emocional o mental previa. Usualmente no pensamos que nuestras contracciones musculares sean originadas por tensiones emocionales o mentales, pero la actividad mental y emocional tienen una influencia directa y automática sobre el cuerpo físico.

      A veces no somos capaces de distinguir la crispación emocional porque sucede a un nivel muy profundo, muy alejado de la de la conciencia habitual. Es como un movimiento que tiene lugar en la oscuridad del inconsciente, por eso, aunque no somos conscientes de la causa, el efecto aparece en el cuerpo. Si la crispación se mantiene puede llegar a convertirse en rigidez. Por lo general esto obedece casi siempre a una reacción emocional.

      Muchas veces el miedo surge de pronto. No sabemos de dónde venimos, no tenemos ni idea de quién somos, no tenemos ni la más remota seguridad de hacia dónde vamos. A veces nos sentimos perdidos, desorientados en medio del océano de la vida o bien nos sentimos como una hoja arrastrada por la corriente de un río. A veces nos preguntamos hacia dónde nos está llevando el río de la vida. Entonces surge el miedo. Queremos controlar los acontecimientos. La obsesión por el control se convierte en neurosis. Debemos darnos cuenta de que la neurosis de control es una ilusión que consiste en creer que uno puede controlar el río de la vida. La tensión emocional, mental o corporal surge entonces por una parte del deseo de control y por otra parte del miedo.

      Es importante desarrollar una atención que nos permita localizar las tensiones corporales. Podemos observar nuestras tensiones sin añadir más tensión a la tensión. En la medida de lo posible debemos aprender a relajar toda tensión con el fin de evitar que se vuelva crónica. Dice el refrán que a partir de los cuarenta años cada cual es responsable de su propio rostro. El rostro refleja las tensiones que creamos y acumulamos a lo largo de la vida.

Dokushô Villalba

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