.::.Artículos publicados

IMPRIMIR TEXTO

<< atrás / back<< atrás / back

.

.

Quince años en Luz Serena.

.


Un cálido y transparente sol otoñal envuelve en esta mañana de Octubre los árboles y los caminos de Luz Serena. He subido caminando hasta la cima de uno de los picos más altos y me he sentado ante un espacio abierto en el que las profundas oleadas verdes de los pinos se diluye en las azules colinas que se divisan a lo lejos. El cielo entero se haya embebido de un celeste claro y todo parece quieto, silencioso, pacífico.

Un enorme sentimiento de dicha y júbilo ha brotado en mi corazón expandiendo mis células y dejándome suspendido en un estado de gratitud hacia este inefable Misterio de la Vida.

Justo en este momento una pareja de águilas se desliza sobre mí en grandes círculos invisibles creando una espiral por la que penetro y me adentro más allá del tiempo presente.

Hace quince años llegué a Madrid procedente de París con la aspiración de compartir con mis compatriotas la Vía de emancipación espiritual que el maestro Taisen Deshimaru me había enseñado. Entonces era un joven monje de veintiséis años, recién huérfano pero henchido de entusiasmo y con la firme determinación de consagrar toda mi vida al legado espiritual que el maestro Deshimaru nos había traído a Europa. Quince otoños se han sucedido desde entonces, quince inviernos, quince primaveras, quince veranos, quince años…

Desde la primera sala de meditación creada en un pequeño apartamento del barrio madrileño de Prosperidad hasta la sala de meditación del Templo Luz Serena, desde los primeros practicantes esporádicos hasta nuestra actual familia espiritual agrupada alrededor de la Comunidad Budista Soto Zen y de la Asociación Amigos de Luz Serena han transcurrido quince años de dedicación, de esfuerzo, de subidas y de bajadas, de avances y de retrocesos, de satisfacciones y de disgustos, de encuentros y de despedidas. Quince años de vida intensa tanto en la luz como en la sombra.

Todo ha estado bien. Todo ha sido tal y como ha sido. Ahora, contemplando el paisaje desde esta cima elevada, siento un profundo agradecimiento hacia todos los seres y todas las circunstancias cuya interacción nos ha conducido hasta este instante presente, que es el mejor de todos los tiempos. 

Quiero expresar mi gratitud hacia todos los hombres y todas las mujeres que han apoyado y que siguen apoyando, de una u otra forma, la creación y la consolidación de esta familia espiritual que formamos. Quiero agradecer especialmente a aquellos que han tenido paciencia y perseverancia, a los que permanecen inquebrantables en su aspiración espiritual y en su fidelidad a los Tres Tesoros, a los que siguen creyendo en la función capital de nuestra Comunidad.

Juntos hemos recorrido y seguimos recorriendo la parte del camino que nos corresponde. ¿Cómo no sentir gratitud hacia nuestros antecesores, hacia nuestros padres, hacia los padres de nuestros padres, hacia nuestros maestros en la vía del Espíritu y hacia los maestros de nuestros maestros? Ellos también recorrieron la parte del camino que les correspondió y gracias a sus pasos, a sus logros, a sus errores, nosotros somos lo que somos y estamos donde estamos aquí y ahora.

¿Cómo no asumir la responsabilidad que nos despierta el amor hacia nuestros sucesores, hacia nuestros hijos, hacia los hijos de nuestros hijos, hacia todos aquellos que no aún no han nacido pero que sin duda nacerán? Ellos encontrarán el camino justo donde nosotros se lo dejemos, tal y como se lo dejemos.

¿Cómo podríamos no abrirnos al estado real del mundo en el que estamos viviendo?

Nuestra Vía no es un camino de salvación individual o egocéntrica. Todos nuestros antepasados están presentes en las células que conforman nuestro cuerpo individual. De la misma forma, todos nuestros pensamientos, palabras y acciones presentes están creando las condiciones en las que vivirán nuestros sucesores. Es más, nuestra actual vida individual está siendo continuamente sostenida y alimentada por la totalidad de los seres vivos con los que compartimos el tiempo y el espacio. Nuestra responsabilidad es grande. No podemos eludirla. Necesitamos esta visión para ahuyentar la ceguera del egocentrismo y de todo el sufrimiento asociado a él.

Nuestra principal responsabilidad es ser felices. Este es el mejor regalo, el mejor homenaje, la mejor retribución que podemos hacerle a los que nos han precedido por todo el dolor, las dificultades y los sacrificios que han experimentado. Esta es la mejor herencia que podemos transmitir a nuestros hijos y sus hijos: nuestro propio estado de felicidad, de paz interior, de benevolencia y de riqueza espiritual. Este es el mejor don que podemos ofrecer a los que nos rodean: una sonrisa profundamente compasiva, una mirada redentora de amor.

Ahora quince años después, ya no soy aquel joven monje vehemente y rudo. Mis ambiciones, incluso las espirituales, se han diluido en gran medida, pero mi determinación sigue tan firme como entonces: quiero recorrer el camino de la felicidad y quiero hacerlo junto a todos aquellos con los que comparto el suelo de esta tierra, el aire de este cielo, el agua que nos calma y el calor del fuego del corazón.

Gracias a todos vosotros, hombres y mujeres de esta familia espiritual, por permitirme recorrer este tramo del camino junto a vosotros. 

Esta es mi plegaria: que en este nuevo año de 1998 germinen muchas semillas de felicidad en vosotros y en vuestras familias.

En el Dharma,

Dokushô Villalba


.

IMPRIMIR TEXTO

<< atrás / back<< atrás / back

.

.